Son como tres campanitas o algo parecido. La primera suena bien aguda y la última, grave, como si tropezaran en la escalera de los sonidos. Alguna vez se me ocurrió reemplazarlas por una alarma un poco más discreta. No lo hice. Ya no puedo. Estallan en cualquier momento: en el medio de una reunión de trabajo, durante la hora santa de la comida, mientras escribo esto y en plena madrugada. No me importa, ni siquiera me tomo el trabajo de silenciarlas. Lo admito, me he vuelto adicto a su musiquita repetitiva. Y me gusta mucho.
Jorge pasa frente al departamento en el que vivía Andrés y le saca una foto. "Recuerdos, peleas, charlas, cosas tiradas por el balcón". Acompaña la imagen con esa enumeración y es automático: a los cuatro se nos cae algún recuerdo. Pero ojo, Fede asegura que en el suyo las jodas eran aún más memorables. Inmediatamente cambia de tema y manda el retrato de la curiosa asociación que está por engullir: nachos, queso fundido y vino para terminar la jornada de trabajo.
Andrés hecha mano a esos códigos que sólo entre amigos es posible entender y nos pone apodos zoológicos a todos: "anguila coqueta", "morsa desnutrida", "piraña psicodélica". Yo sólo me río y pienso que, aunque sea repetitivo, vale la pena volver a escribir sobre los amigos.
Y mucho más ahora, que esas campanitas del celular suenan a cualquier hora. Es que aunque uno vive en Jujuy, otro en Salta y dos en Tucumán, nuestra amistad fijó domicilio en WhatsApp. Y es bueno, porque este sistema de mensajería instantánea se volvió un recordatorio: impide que me olvide de lo inoportunos, ocurrentes, molestos e incondicionales que son mis amigos.